De estar dormida y quererse matar

(Del 15 de octubre en Facebook)

Como preuniversitarias ignorantes y novatas en esto del esfuerzo decidimos que no había mejor solución a nuestros problemas que una Cafiaspirina para combatir el sueño. No podíamos tomarlas con menos de 4 horas de separación, así que tomábamos una y esperábamos con los ojos rojos y los párpados ardidos que se arrastraran las 4 malditas horas que nos separaban de la próxima dosis. Cuando se hacían las 5 de la madrugada los niveles de cafeína nos llegaban a las nubes y teníamos un singular modo de despabilarnos: llenábamos el lavatorio -el de mi casa de luján, donde crecí yo y un poco todas- con agua fría hasta el borde y metíamos la cabeza. Entonces salíamos, con la cara chorreando agua, la ropa arrugada, la voz ronca y los resaltadores destapados y secos, a correr en círculos a la calle, para que el viento nos pegara en la cara y un milagro nos despertara. O nos convenciera a las tres de dejar esa carrera del demonio.

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