Una de terror

Lunes, feriado, 6 de la tarde. Yo sola en mi departamento, en piyama, terminando de comer un desayuno/almuerzo. Por algún motivo que no recuerdo agarro mi celular, el del diario, y veo un sobrecito titilante y la frase “no espacio para nuevos mensajes”.

Vacío la bandeja de salida, elimino también los mensajes leídos de la bandeja de entrada y me olvido del tema.

A los 10 minutos entra un nuevo mensaje.

Es momento de aclarar que mi teléfono del diario pertenecía hace unos dos meses a otra periodista, a una colega que se fue a trabajar a otro lado, por lo que aún recibo mensajes y llamadas para ella.

Este mensaje de texto era, sin duda, para ella. Decía “Ani, creo que en el asiento de atrás mío viaja Julio López, ¿qué hago?”.

Me paralicé por un momento, pensé en llamarla, pensé en llamar al diario, pensé en llamar a la policía. Llamé al número y me atendió el contestador. Fueron 2 segundos, hasta que se me prendió la lamparita y me fijé en un detalle importante.

El mensaje era de las 10 de la mañana.

 

 

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