Encanto

No es si respondo
rápido
o tarde
el mensaje de texto.
Si pregunto demasiado,
si me estreso fácil,
si me molesta
mucho
o poco
una marca en el cuello.

Son las horas de indecisión
que yo pasé
pensando
en si iba
o no iba
a volver a verte
las que dicen
la verdad.

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De la vida en el barrio

(Del 1 de octubre en Facebook)

En mi barrio hay, ordenados desde el más cercano a casa: un kiosco, un almacén y una vinería. Salí a comprar vinagre para limpiar el lavarropas, fui al kiosco y estaba cerrado, entonces me fui al almacén:
-Tenés vinagre?
-Común, no. Me llega en un rato.
En eso entra un señor con un muñeco de Bugs Bunny de goma en la mano:
-Se quedó este muñequito acá afuera, te lo dejo por si alguien viene a preguntar.

El del almacén sale a la puerta, agarra el muñeco, me mira y me dice “no sé si es tuyo…”. No, respondo yo.
-Bueno, y en cuánto te llegará el vinagre?
-No sabría decirte. Preguntá acá en la vinería, a veces trae de esas cosas.
Voy a la vinería, entonces, y le pido vinagre común:
-Si, tengo.
-Necesito un litro.
-Tengo medio nomás.
-Ok, dame, pero me dijeron que necesitaba un litro porque es para limpiar un lavarropas.
-Ah, pero el lavarropas se lava con vinagre blanco.
-¿Seguro?
-(risa socarrona)
-OK, deme un litro de blanco.
-Tengo solo medio
-Ok
Después de darme plata, porque el blanco era más barato que el común, que yo ya había pagado, me fui. Al volverme paso por el almacén y presencio justo el momento en que entra una señora con una nena de unos 5 años.
-Acá no se nos quedó un muñequito?
-Si, acá está
Y yo paso y pienso que debería asomarme y gritar ¡llegué justo para el final feliz!, porque está bueno sociabilizar con los vecinos nuevos, pero justo miro y veo medio litro más de vinagre blanco. Entro:
-Vengo a buscar medio litro más de esto.
Obvio es que los dos medios litros casi duplicaron el valor de la botella de litro que, en el almacén AL QUE FUI PRIMERO, si había.Finalmente volví a mi casa pensando en que acababa de vivir los 7 minutos más largos de mi vida.

Cuando sea grande

(Del 2 de octubre en Facebook)

Cuando sea grande abriré un diario en el que contaremos las noticias de la semana pasada. Si hoy es lunes, lo que pasó el lunes pasado; si hoy es martes, lo del martes, y así. Por su objetivo, mi diario no perseguirá las noticias, sino que vendrá lento detrás de ellas, contando lo que nadie contó y buscando la calma y no la vorágine, la historia, la entretención, los personajes, el entramado, los detalles, los diálogos, las miradas, los codazos, lo que pasó cuando se apagaron las cámaras. No sé, es una idea. Interesados mandar CV por privado.

De estar dormida y quererse matar

(Del 15 de octubre en Facebook)

Como preuniversitarias ignorantes y novatas en esto del esfuerzo decidimos que no había mejor solución a nuestros problemas que una Cafiaspirina para combatir el sueño. No podíamos tomarlas con menos de 4 horas de separación, así que tomábamos una y esperábamos con los ojos rojos y los párpados ardidos que se arrastraran las 4 malditas horas que nos separaban de la próxima dosis. Cuando se hacían las 5 de la madrugada los niveles de cafeína nos llegaban a las nubes y teníamos un singular modo de despabilarnos: llenábamos el lavatorio -el de mi casa de luján, donde crecí yo y un poco todas- con agua fría hasta el borde y metíamos la cabeza. Entonces salíamos, con la cara chorreando agua, la ropa arrugada, la voz ronca y los resaltadores destapados y secos, a correr en círculos a la calle, para que el viento nos pegara en la cara y un milagro nos despertara. O nos convenciera a las tres de dejar esa carrera del demonio.

Las relegadas

(Del 24 de octubre en Facebook)

Desde que cumplís más o menos 12 años es normal que tus amigas se empiecen a desarrollar y siempre está el miedo de quién será la última en alcanzar la preciada meta de convertirse en señorita. No es que nos estemos muriendo de ganas de que nos venga, es que no queremos aceptar el deshonor de que no nos pase, o que nos pase última.

En mi curso éramos varias chicas, unas veinte estimo, y cuando ya estábamos todas rozando los 14 éramos cuatro las que todavía seguíamos, pacientemente, esperando el milagro que nos volviera capaces de concebir, de menstruar, de tener tetas. Lo que ocurriera primero.

Organizamos una apuesta. Las cuatro olvidadas de la naturaleza arriesgamos una lista cada una, una especie de prode con nuestras impresiones sobre lo que estaba a punto de pasar. Había que agarrar los 4 nombres y ordenarlos según creíamos quién sería la primera, la segunda, la tercera y la última desgraciada.Lo pensé y lo pensé, tuve en cuenta el tamaño de cada una, la edad, la madurez y todos los aspectos que (habré pensado en ese entonces), influían. Armé mi lista y dejamos correr el tiempo. Para la ganadora, el premio: un paquete de toallitas.

Pasaron los meses y me fueron dando la razón. Acerté la primera y la apuesta seguía en marcha, con un empate. Finalmente, un buen día, gracias a la Anita, acerté la segunda y dejé a todas las demás fuera de competencia. Gané. Nunca recibí mis toallitas.

Los frutos

He leído inmensidad de cosas que los demás han tenido para decir de mi abuelo. He escuchado, hasta en su propio entierro, enumerarse uno tras otros sus logros, sus libros, sus ensayos. Mi prima Flor, como pudo (estábamos todos muy tristes y llorosos) se animó a alzar la voz por todos nosotros, sus nietos, y a decirle al aire que los queríamos mucho y que gracias por todo lo que nos había enseñado. Creo que podríamos habérselo dicho más seguido en vida.

Alguien dijo de él, uno de los tantos letrados que lo despidió con honores, que fue de vida fecunda. Y yo elegí esa frase para mí, para quedármela y llevarla conmigo cuando quisiera acordarme de él. Las cuatro paredes (por lo menos) que están tapizadas de libros en su casita de Drummond parecen pero no son sus mejores frutos. Las leyes que ayudó a dictar y las facultades que ayudó a fundar también parecen, pero tampoco son.

No lo son siquiera sus decenas de alumnos que lloraron junto a su cajón por ese “padre que nunca tuvieron”, que los retaba con dureza pero que los animaba a seguir, a ser mejores, a estudiar todos los días como lo hacía él.

No son los gallos sus mejores frutos, aunque sí tal vez los más divertidos. No son aquellos amigos y servidores que lo acompañaron durante 30 años con la paciencia que solo puede tenérsele a quien se ama. No son, por último, tampoco, los cientos que discursos que esparció por las miles de aulas que visitó.

Cada sábado, cerquita del mediodía y hasta entrada la siesta lujanina, los mejores frutos del Doctor se juntaban en el quincho de aquella casita perdida a comer asado, tomar vino, hablar de política y pelearse entre ellos, pero de mentirita.

Nosotros éramos chicos y vivimos en esa casa los mejores años de nuestra infancia. Mañana vamos a volver, sin él, a sentarnos a esa mesa que nos recibió tantas veces. Mañana queremos volver porque sabemos que todavía queda mucho que hablar y que por extrañarlo a él nos extrañamos entre nosotros.

Mañana vamos a volver a sentarnos a esa mesa, porque mientras sus hijos y sus nietos (sus mejores frutos) estén, él estará.

Algunos días…

Algunos días son de mierda, como éste, pero de repente una revelación y un vino y un poco de chocolate y bueno, fue, las cosas pueden ser siempre peores y esto no puede ser el fin del mundo, porque para diciembre falta mucho.

 

Navidad

Desde hacía varios días venía pensando en cómo hacer para no ponerme a llorar a las 12 en pleno brindis de Navidad por todo lo feo que me pasó este año, en los últimos meses, y que me tiene tan mal todavía. Como todas las emociones se acrecentan con las fiestas a fin de año estaba segura de que el escandalete navideño se venía con todos los chiches y ya estaba resignada a pasar vergüenza delante de familiares y amigos.

Sin embargo, en lugar de ponerme a llorar abrazada a mi papá a las cero del 25 de diciembre, me puse a llorar con mi mamá, en la playa de estacionamiento de Palmares, a la una de la tarde del 24.

“Es que estoy muy triste”, le decía a mi vieja con la cara llena de lágrimas y mocos, y “no quiero pasar la Navidad así” y ella me miraba (o supongo que me miraba, porque yo tenía la cara tapada con las dos manos) y me abrazó y lloré más fuerte por un ratito medio largo y de a poco se me fue pasando y me calmé y me sequé los ojos, me puse los lentes y le dije “ya está, vamos” y nos fuimos al centro a comprarme un regalo.

Después almorcé con ella, en su casa, mientras hablaba por Skype con mi amiga que vive en Francia y a la que extraño muchísimo y después de comer nos fuimos juntas a dormir la siesta a su cama grande y dormí más de 4 horas.

A la noche, mi papá me pasó a buscar y cené con él y a las doce no lloré, sino que le di un abrazo, a mi hermano le di como diez abrazos y adentro mío no pensé cosas tristes, sino que pensé que era una Navidad como cualquier otra, con mi familia, la misma de siempre, pero sin mi mamá, a la que inevitablemente le dije “feliz navidad” por teléfono y fue una garcha, pero después cuando la vi y la abracé y le dije “feliz navidad” en vivo, un poco que me di cuenta de que no importa. No importa dónde me agarra el momento en el que reloj pasa de las 23:59 a las 00:00 porque total es lo mismo. Sigue siendo todo una cagada.

Ya son casi las diez de la noche de esta Navidad 2011, la primera de tanto, la última de algunas otras cosas, y a mí todavía me duele la cabeza de todo lo que tomé ayer, lo que lloré ayer, lo que fumé ayer, lo que sentí ayer y lo que sé que voy a seguir sintiendo.

¡Feliz Navidad!

J.

 

 

 

Una de terror

Lunes, feriado, 6 de la tarde. Yo sola en mi departamento, en piyama, terminando de comer un desayuno/almuerzo. Por algún motivo que no recuerdo agarro mi celular, el del diario, y veo un sobrecito titilante y la frase “no espacio para nuevos mensajes”.

Vacío la bandeja de salida, elimino también los mensajes leídos de la bandeja de entrada y me olvido del tema.

A los 10 minutos entra un nuevo mensaje.

Es momento de aclarar que mi teléfono del diario pertenecía hace unos dos meses a otra periodista, a una colega que se fue a trabajar a otro lado, por lo que aún recibo mensajes y llamadas para ella.

Este mensaje de texto era, sin duda, para ella. Decía “Ani, creo que en el asiento de atrás mío viaja Julio López, ¿qué hago?”.

Me paralicé por un momento, pensé en llamarla, pensé en llamar al diario, pensé en llamar a la policía. Llamé al número y me atendió el contestador. Fueron 2 segundos, hasta que se me prendió la lamparita y me fijé en un detalle importante.

El mensaje era de las 10 de la mañana.

 

 

Convivir

No entiendo por qué les molesta TANTO que la gente escuche música sin auriculares en el micro. Un viaje dura, en promedio, 30 minutos, ¿qué problema hay en escuchar por ese breve lapso algunos temas que no son los que hubiéramos elegido, que son la música de otro?

Si no quiere que alguien escuche música en “voz alta” durante el viaje, vaya y dele charla, va a ver cómo apaga el mp3. Pero si no quiere charlar con otro y no quiere escuchar la música de otro y se va a vivir quejando, quédese en su casa.